2 de abril de 2008

Una historia de miedo

Hoy en Lengua nos tocaba hacer un ejercicio de expresión oral. Por parejas, teníamos que contar a nuestro compañero alguna anécdota autobiográfica, para que él después pudiera contarla al resto de la clase. No ha estado mal, pero he tenido que corregir multitud de errores (formas verbales incorrectas, dicción ininteligible, vocabulario inadecuado, etc.). Casi todas las anécdotas tenían como tema principal el miedo, o el miedo que finalmente se transforma en risa, o en alivio. Lo que es evidente es que a esta edad les gustan mucho las historias de miedo, como quedó claro en los últimos artículos que han escrito en El Correo de Cadalso (la historia de Verónica Jaja, La chica de la curva, etc.).

Como yo no he podido jugar, porque me tocaba hacer de maestro, voy a contar mi anécdota aquí. Es también una historia de miedo, mis alumnos me han hecho recordarlo, aunque, en el fondo, una experiencia así nunca se olvida. Allá voy.

Fernando (el intérprete), Santiago, Chito y yo conseguimos permiso de nuestros padres -aún no me explico cómo- para poder pasar dos días de camping, en el río Alberche. Curiosamente, es el mismo río que veo ahora por la ventana, formando el pantano del Burguillo (al 20% de su capacidad...). El río quedaba a pocos kilómetros de nuestras casas (la cultura del chalet de fin de semana, tan presente en la historia de muchos de nosotros), de manera que podíamos ir andando. Cuando llegamos al río, decidimos, en vez de acampar, seguir andando río arriba, para ver qué había después. No lo recuerdo bien, pero supongo que subimos un par de kilómetros más, siempre pegados a su orilla, y bañándonos en él de vez en cuando. Una maravilla de río, que incluso nos permitía nadar sin hacer pie. Después de caminar toda la mañana, vimos un sitio que a los cuatro nos pareció perfecto. Un sitio con sombra, cerca del río, y con una pequeña zona llana para poder montar la tienda. Era la primera vez que estábamos solos, y ninguno de nosotros tenía experiencia alguna en conceptos como hornillo de camping-gas, objetos de aseo personal (cepillo y pasta de dientes, etc), o cómo elegir el lugar adecuado para montar una tienda.

Al caer la tarde, el nivel del río comenzó a subir de forma alarmante, y tuvimos que desmontar la tienda: estábamos en una isla.

Llegó la noche, y los cuatro nos juntamos junto al fuego. Para mí, y no me importa decirlo a pesar de ser un tópico tan utilizado, las palabras reunirse junto al fuego me siguen sonando muy dulces.
Santiago, el más mayor, y el más raro, comenzó a contar historias de miedo. Aunque a mí nunca me han gustado las historias de miedo -y mucho menos las películas de miedo-, entiendo que a esa edad esas historias fluyan. Nos estamos preparando para no pasar miedo, para superarlo escuchándolas y pensando que "menos mal que no me tocó a mí". Y entonces, en aquella noche de verano más negra que el carbón, alguien lo escuchó primero.

- Me ha parecido oír un gruñido. Pero no de una vaca ni nada de eso. Un gruñido como de león.

Todos, Santiago más, teníamos un humor un poco absurdo. Hacíamos y decíamos cosas que sólo nosotros entendíamos. Era, supongo, una forma de identificarnos, y de distinguirnos de los demás.

(Ya de mayores, los tres en Vespa por Madrid. Santiago y Fernando se bajaban, de repente, en un semáforo, y empezaban a darme golpes, como si nos estuviéramos peleando. Inmediatamente los coches empezaban a pitar para defenderme).

Seguimos charlando, y otro, creo que yo fui el segundo, pero no podría asegurarlo, escuchó también el rugido. Indudablemente de un animal salvaje. Un león, un tigre, un tigre dientes-de-sable, un tiranosaurio, ¡yo qué sé!. Pero lo escuché. Perfectamente. El volumen que produce un animal así, aunque sólo lo hayas escuchado en el circo, es inequívoco. Un sonido que no entra sólo por los conductos auditivos, sino por la piel. Lo oyes por la piel.

Entonces, conseguimos que los demás nos prestaran atención. Hicimos muchas pausas de silencio, para poder escuchar algo. Nada. No se oía nada de nada, sólo algunos pájaros. Santiago, un tío muy inteligente que se ganaba rápidamente la atención de todos, nos habló de la capacidad que tenían algunas personas de convencerse de algo, aunque no estuviera sucediendo, y conseguir, a base de pensarlo, que sucediera de verdad. Yo al menos, -Fernando no lo sé, porque no hemos hablado de eso-, estaba ya aterrorizado. Pero, aunque hubiera venido el mismísimo Tiranosauro a darme un lametón en la cara, no lo habría reconocido. Reconocer eso delante de los demás era el fin, la pérdida total de todo tu crédito, si es que te quedaba alguno.

Y, en pocos minutos, no era un rugido. Eran varios enormes rugidos rodeándonos. Y los cuatro los oíamos por todas direcciones. Y cada vez más alto, cada vez más cerca. Tan cerca que podían estar detrás de aquellas ramas, donde alcanzaba la luz del fuego. Y los cuatro tuvimos miedo. Tuvimos muchísimo miedo. Los cuatro no sólo reconocimos públicamente que estábamos aterrorizados, sino que comenzamos a pensar en nuestras familias. Qué pensarían al ver, al día siguiente, nuestros cadáveres.

Pero amaneció. Habíamos acampado cerca del Safari Park de Aldea del Fresno. Cerca de la valla que separa a los leones.

A mis alumnos, con todo mi cariño.

6 comentarios:

mjq dijo...

Me estaba imaginando lo del safari.

esther dijo...

Te sales!! Impresionante manera de contarlo, magnífica, tienes matrícula de honor de mi parte. Quiero decir, para quienes pudiesen tener alguna duda, que doy fe del talante, el carácter y la peculiaridad de cada uno de los personjes (personas) que forman parte de la historia aquí narrada. Se quienes son estos cuatro, he convivido bastante con ellos (con Chito menos, pero mas que suficiente)y es una auténtica pena que no haya una filmación con voz de aquella noche. No pueden narrarse las genialidades que ahí se soltarían pero, como soy testigo de tantas otras de otros tantísimos días compartidos, no podía no hacer este comentario. Parece que os estoy viendo, qué arte!!

Clandestino dijo...

Qué bien contado Mújol, casi se me olvida que escribías tan bien.

Lo de la Vespa no me ha gustado, pero entiendo que tu papel dentro del trío no podía ser otro que ese, de otro modo habrías pensado que vendría la policía a por ti, o que alguno de los coches que pitaban era de la secreta.

Passatino dijo...

ja ja ja, todavía hoy al recordarlo no se si reírme o acongojarme (uso un eufemismo porque se que esto lo leen tus niños).
Se te ha olvidado un componente del grupo, precisamente el que se lleva la palma de raro, porque Santiago era (es) rarito, Chito tampoco se quedaba corto, pero el Ruso -que también estuvo en la aventura- era RARO con mayúsculas.

Rodros dijo...

Jejeje! Me parto. Yo ya me imaginaba que uno de vosotros tenía mucha hambre y le sonaban las tripas!!

Yo recuerdo una vez que nos sacaron por ahí con el colegio a Cercedilla y pasamos la noche en un albergue. Éramos 4 en la habitación. Yo estaba compinchado con un colega y mientras él contaba una historia de miedo (la de los templarios de Bécquer) yo me dedicaba a tirar garbanzos que tenía en los bolsillos. Cuando ya no me quedaban, agarré lo primero que tenía a mano, que era una brújula, y la tiré con todas mis fuerzas... menudo estruendo!

Cat-A dijo...

Me estaba imaginando todo y, de repente pone: Y amaneció...

je, je, je....