15 de noviembre de 2007

El recreo y los saltamontes

Lo primero que quiero deciros es que sí, se sigue llamando recreo. No sé si conservamos alguna otra palabra de mi infancia, pero esa sí. Podría llamarse ahora, por ejemplo, tiempo de libre disposición; pero afortunadamente no, lo llamamos recreo. Y el recreo, en mi colegio, es un tanto particular (sí, como el patio de mi casa). Está situado sobre la ladera de un monte, y aún sobreviven en él varias encinas -imaginaos a las pobres encinas-. Los niños y niñas corren, saltan, juegan a los cromos, a las canicas y a la cuerda, y conocen perfectamente el desnivel, por lo que afortunadamente hay pocas caídas -aunque de vez en cuando tienes que ir a por el Betadine-.

Lo que quiero contaros hoy me ocurrió hace días. Una de las cosas que algunos niños hacen para molestar a las niñas, y hacer que griten -gritan con una potencia y unos agudos que te retuercen el tímpano-, es capturar pequeños saltamontes con la mano y arrojarlos sobre la zona donde esté la víctima elegida. En ese momento, estés donde estés, oyes los consabidos gritos y te dispones a solucionar el conflicto, y reprender al agresor.

(Solucionar el conflicto y reprender al agresor... cuántas tonterías puedo decir en tan poco espacio)

El caso es que hace poco, estaba durante el recreo paseando por la zona de los más pequeños. Seis años. Un grupo de niñas, unas seis o siete, estaban jugando a algo que me llamó la atención. Iban corriendo detrás de algo que yo no conseguía ver. De vez en cuando se agachaban, y abrían una pequeña cajita. Estaban cazando saltamontes. Los cogían, los depositaban en su mano, jugaban con esos bichos con una naturalidad que me dejó boquiabierto.

Hola, ¿qué hacéis?
"¡Hola Profe! Estamos cazando saltamontes. ¿Quieres verlos? ¡Mira!"

Y yo voy y miro. Y veo una caja de plástico (de las que compras en LM para los tornillos) llena de saltamontes diminutos. No sabría deciros cuántos, pero más que suficientes para hacer un programa de esos de la tele. Esos donde lo que ves es a alguien arrojando por encima a alguien un cubo de bichos. Pues eso. Eso era lo que vi. Y ellas con seis años, allí, jugando con los bichos esos. Puse mi mejor sonrisa forzada...

Mmmm, son muy... muy bonitos. Tened cuidado no se escapen.

"No pasa nada, profe. Cogemos más".

Ese día pensé:

No sé si es la maravillosa evolución del ser humano por sí mismo, o es porque tienen una maestra/maestro quetecagas. Pero sea por una cosa, o por otra, a estas niñas ya nadie las va a asustar con saltamontes.

5 comentarios:

vitruvia dijo...

Algo está cambiando, y ya era hora que fuese para bien. Precioso post, me alegro de haberme decidido por fin a visitarte.
Un saludo.

esther dijo...

Mientras te sigas fijando en cosas así, seguirás siendo uno de los mejores maestros del mundo mundial, (y gracias por el uso de a/o, as/os). Y ojalá que esas niñas nunca tengan que temer a ciertos especímenes de otra clase que, lamentablemente, andan por todas partes.

Clandestino dijo...

"Solucionar el conflicto y reprender al agresor".
Que se lo digan al Rey. Al de España, digo.

Clandestino dijo...

Ya sabes que yo soy muy de frases, y me ha encantado la tuya del final.

Daniel el travieso dijo...

Bueno, pues si ya no funciona con los saltamontes lo intentaremos con otros bichos.... será por bichos.