29 de enero de 2017

Y tú, ¿de quién eres?

Eso era lo que preguntaban —y  me siguen preguntando— algunas personas cuando visito el pueblo de mi mujer.  Hace años que aprendí a contestar: "yo soy trapero", puesto que ese es el mote, o el apellido, que da nombre a una casa. A una casa del pueblo.

Todos, de una manera o de otra, sentimos la necesidad de conocer a otras personas, de saber de quién son. Si esta necesidad, que la hemos tenido siempre, la trasladamos a nuestros días, a los días de las redes sociales, vemos que las cosas son más o menos lo mismo, solo que mucho más grandes.

Yo no tengo Twitter (bueno, sí tengo, pero no lo uso), ni mucho menos Facebook (odio facebook), pero sí leo -y de vez en cuando escribo- en internet. Y creo que los que escribimos en internet, que somos muchos, somos la mayoría. La minoría es la que ha sido siempre. Desde que el mundo es mundo. Quieren llamar la atención, y por eso gritan, e insultan, pero son muy pocos.

Hay cosas, muy pocas, que nos definen como seres humanos. Y todas ellas son irrenunciables. No hay otra forma de decir de quién eres. Yo soy de un sitio donde si maltratas a las mujeres eres un cobarde. En mi pueblo, —que es Madrid— no se le impide la entrada a los extranjeros. En mi pueblo se respetan otras lenguas, y hacemos un gran esfuerzo por aprenderlas. En mi pueblo conocemos nuestra historia, y hacemos todo lo que podemos por no cometer los mismos errores. En mi pueblo la tortura es un delito.

No pasa nada por decirlo. Es más, mal que les pese a los malintencionados de Twitter, conviene que lo digamos, porque somos la mayoría en todo el planeta.