12 de diciembre de 2006

El abad de Sponheim

Esta es una historia que tuve oportunidad de escuchar directamente del mismísimo Nicholas Negroponte (qué habrá sido de él), en un congreso en San Francisco, hace ya tantos años que ni me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que por aquel entonces, la informática estaba centrada en la edición de textos, y todo giraba en torno al PostScript, las filmadoras, la resolución, etc, etc.

El congreso se llamaba Seybold (había incluso una prestigiosa publicación -en papel, claro- con el mismo nombre, donde uno podía estar informado de las últimas innnovaciones del sector). Pero ya por aquel entonces en EEUU se empezaba a hablar sobre una cosa que era internet, y de otras cosas como el html y el xml. Y también se comenzaba a hablar, entre los editores, de una especie de fenómeno preocupante para el negocio, una especie de amenaza. Para crear una publicación se necesitaba una cierta infraestructura (al menos un Mac y una Laserwriter), pero allí se estaba empezando a ver "publicaciones" en pantalla. Era fácil, barato y rápido. Bastaba con saber algo de html, y tener a alguien -una empresa, universidad, ente público, etc.- que te dejara un pequeño espacio en su servidor.

Pero ¿quién iba a hacer las funciones de editor de aquel contenido? ¿Quién, cómo y dónde iba a estar el negocio? ¿Y si la gente se dedicada a copiar libros (o a escanearlos con un fantástico OCR que habian desarrollado unos españoles que se llamaba TextScan), quién iba a perseguir la copia ilegal? ¿Era necesario reflexionar seriamente, entre los editores más importantes -los más gordos americanos estaban allí, y también algunos importantes europeos, como los italianos Mondadori, los alemanes de Klett y, nosotros, españoles de Anaya- sobre cómo evitar que el negocio de la edición simplemente desapareciera?

Entonces, durante la comida, un tío se subió a un atril, dispuesto a dar un discurso mientras los demás (todos con nuestro cipol colgado), nos disponíamos a comer aquella bazofia americana de canapés. Resulta que era Nicholas Negroponte. Joder, era la primera vez en mi vida que asistía a una charla así, entre los ruidos de los platos y tenedores.

Y nos contó a todos la historia del Abad de Spoheim. Como es difícil encontrala en internet -aunque estoy seguro que está en alguna parte, como todo lo demás-, hoy he decidido escribirla aquí. Lo mismo alguien lo lee (ese es el espíritu de cualquier blog).

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Corrían los tiempos de la invención de la imprenta, en Alemania, entre los años 1450 y 1500. Hasta entonces, la tarea de reproducción de originales se desempeñaba casi de forma exclusiva en los montasterios, a través de los escribas, laboriosos copistas que dedicaban largas jornadas de trabajo a reproducir a mano, con cuidada caligrafía, originales de distintos temas. Es fácil imaginar la cantidad de ejemplares que de una sola obra serían capaces de copiar, por mucho que curraran.

Pues bien, hasta los oídos de un abad de un monasterio de Alemania, si no recuerdo mal, el abad de Sponheim, llegó la noticia de un invento infernal, que era capaz de reproducir, casi sin esfuerzo, cualquier original existente. Un invento que permitía, básicamente, que cualquier persona pudiera plasmar su pensamiento en papel, y duplicar su contenido tantas veces como deseara, utilizando para ello herramientas más propias de un herrero que de un escriba.

Animado por esta amenaza, se dedicó con ahínco a escribir un libro, titulado En defensa de los escribas, donde reflexionaba sobre el enorme peligro que representaba aquel invento. Los manuscritos, cuya reproducción dependía exclusivamente de la decisión de los únicos editores que existían- los responsables de cada monasterio- eran precisamente el único método para preservar la veracidad, la rectitud y la idoneidad de cada obra. Y, claro está, no todas merecían ser copiadas. Si aquella máquina salía al mercado (no se me ocurre otra expresión, pero no penséis en los mercados medievales de entonces), el diablo en persona tendría a su disposición una perfecta herramienta de captación de fieles. Había que prohibir su uso. Sólo el trabajo, la experiencia y la cultura adquirida de aquellas personas los capacitaban para reproducir las obras, y, por tanto, permitir su lectura.

Pero, y aquí viene lo más interesante, se produjo entonces la más paradójica transmisión de tecnología de la historia. El abad utilizó la imprenta para popularizar su libro entre el resto de monasterios.

¿A que mola?

Cuando alguien os diga algo sobre lo malo que es internet, sobre los pederastas impunes, sobre las páginas de fabricación de bombas, sobre que esto de internet en el fondo está controlado por las grandes empresas de comunicación y los gobiernos, contadles esta historia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bien traido y mejor narrado, como no podía ser menos.
Me felicito por ello.

Clandestino dijo...

Para los que no lo sepáis, esta es una de las miles de historias que el abuelo, nuestro abuelo, es capaz de retener en su memoria aún a pesar de ciertos excesos. Bienvenido de nuevo, el mundo de los blog no puede continuar si no andas tú por aquí.